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El mundo de los imperios transnacionales es el de la propiedad privada, en donde todas las creaciones, incluso las abstractas adscritas al intelecto, pertenecen a alguien. El Copyright termina siendo la ley que resguarda el dinero de estas empresas, y no el derecho del autor sobre su obra. Y cuando del dinero de las empresas se trata, la ley suele ser implacable, incluso si su aplicación va en contra del desarrollo de la cultura y el conocimiento.
Pero mientras una sociedad globalizada se impone hay que otra resiste y encontró en los Creative Commons la manera de quitarles a las empresas este derecho y devolvérselo al autor que quiere compartir con todos la buena nueva de su creación.
Siguiendo la línea del Software Libre y su filosofía, surgió Creative Commons que según su propia definición es "una organización sin ánimo de lucro basada en el hecho de que no todos los titulares de propiedad intelectual quieren ejercer todos sus derechos sobre ella, por el contrario, muchas veces quieren compartirla".
Entonces, por un lado tenemos a estos gigantes grupos económicos respaldados por los gobiernos liberales y organismos internacionales, y en el otro extremo están quienes ven que Internet, la producción inmaterial y la cultura digital en general tienden a funcionar mejor como un lugar público donde se hace comunidad que como un mercado privatizado en donde obtener beneficios.